lunes, 10 de mayo de 2010

En el desierto de hielo

En el Polo Sur hace muchísimo más frío que en el Polo Norte. Esto es porque el segundo está en mitad del océano, a nivel del mar, mientras que el primero está en lo alto de un continente cubierto de hielo: la Antártida.

La Antártida es el continente más frío, más seco y más ventoso de todos. Un 98% está cubierto por hielo, un hielo de al menos 1,6 kilómetros de grosor.

Rara vez llueve. Por todas estas cosas es considerado un desierto. ¡Un desierto de hielo! Tanto hielo, que representa el 70% del agua dulce del planeta Tierra.

Las estaciones científicas
No hay humanos que vivan en la Antártida. Pero sí hay algunos que la visitan por un tiempo. Hasta cinco mil personas trabajan en las estaciones de investigación que hay por todo el continente. La más grande, McMurdo, es capaz de alojar a unos mil científicos, visitantes y turistas.

Los valientes habitantes
Solo plantas y animales adaptados al frío sobreviven en la Antártida, incluyendo pingüinos, focas, gusanos, algas y otros microorganismos.

El krill antártico (euphausia superba) vive en grandes escuelas y es la comida principal de focas, lobos marinos, ballenas, calamares, pingüinos, albatros y otros pájaros. Hay unos 500 millones de toneladas de krill en el mundo (pesan el doble que todos los humanos juntos).

Hay un mosquito que vive allí. Un mosquito que no vuela. La bélgica antártica es el único insecto que se atreve a soportar ese frío, en un lugar en el que tener alas no le sería de gran ventaja.

El emperador (atenodytes forsteri) es el más alto y pesado de los pingüinos, y el único que pasa toda su vida en Antártida o en el mar, pero no en otro territorio.

La ballena azul (balaenoptera musculus) era abundante en todos los océanos del mundo, hasta que por poco se extingue, a principios del siglo XX. Se alimenta casi exclusivamente de krill.

El calamar colosal (mesonychoteuthis hamiltoni), no es tan largo como el calamar gigante, pero sí más ancho y pesado. Sus tentáculos están equipados con afilados ganchos. Y tiene los ojos más grandes del reino animal.

El lobo marino antártico (arctocephalus gazella) es otro comedor de krill. Cada lobo marino se come una tonelada al año. ¡Afortunadamente el krill es abundante alrededor de las islas de Georgia del Sur!

El albatros de ceja negra (Thalassarche melanophrys) puede pasar gran cantidad de tiempo en vuelo continuo sin posarse en tierra o agua, pescando calamares, crustáceos, medusas, pulpos y peces.

El petrel (macronectes giganteus) es el único pájaro que vive exclusivamente en Antártida y llega al mismísimo Polo Sur.

Riesgo
Cada año, una gran área de baja concentración de ozono (al que conoces como ‘agujero’) crece sobre toda la Antártida. Se vuelve más grande en el mes de septiembre.

Protección
El Tratado Antártico prohíbe actividades militares y minería, y apoya la investigación científica.

¡Aquí es!
El Polo Sur está marcado por un letrero. Pero cada año el hielo se mueve, y hay que reubicar el letrero, para que el Polo otra vez esté en el sitio correcto. No hay animales tan resistentes como para acercarse al Polo Sur.

sábado, 6 de febrero de 2010

Nueva batalla por el petróleo

El deshielo del Polo Norte está abriendo la posibilidad de explotar los recursos naturales de lo que se podría convertir en un nuevo El Dorado. En esta nueva carrera digna del siglo XV están Canadá, Rusia, Estados Unidos, Noruega y Dinamarca.
Bajo las aguas gélidas del Ártico se encontraría, según los expertos, el 25% de las reservas de petróleo mundiales. Un apetitoso manjar para las potencias que se disputan la soberanía de esta parte del planeta prácticamente inaccesible antes del calentamiento global.
Pero el enorme glaciar se derrite y con las nuevas grietas aparecen también nuevas posibilidades.
No sólo hay petróleo, sino también importantes reservas de gas natural y yacimientos de minerales tan preciados como diamantes, oro, platino, estaño, manganeso, níquel y plomo.
Además, el deshielo supondrá que se abra una vía marítima estratégica de extrema importancia comparable al Canal de Panamá y al Canal de Suez.
Rusia ya ha enviado varias expediciones en los últimos años e incluso en una de ellas, la tripulación de un batiscafo consiguió plantar a 4.200 metros de profundidad una bandera tricolor rusa en una cápsula de titanio, un material irrompible, toda una metáfora de una posible declaración de intenciones.
Aunque ese momento, Canadá intentó sacarle hierro al asunto, no perdió el tiempo y desde entonces está reforzando su presencia militar en esa región.
El gobierno Ottawa ya no esconde sus intereses.
El ministro de Finanzas canadiense, Jim Flaherty, reunido con sus homólogos del G 7 en Iqaluit afirmó que “se trata de una de las prioridades de nuestro gobierno” y esa prioridad es mostrarle al mundo su soberanía en el territorio.
Podríamos estar ante una nueva batalla geopolítica que podría hacer resurgir los peores momentos de la guerra fría.

jueves, 28 de enero de 2010

París mira de reojo las inundaciones de hace un siglo

El 28 de enero de aquel año la crecida del río alcanzó los 8,50 metros, alimentado por las abundantes lluvias y el efecto del deshielo de las nieves, y se desparramó por los bulevares y las plazas de una ciudad que quedó en pocas horas paralizada.
Aquel hecho marcó de forma decisiva a los parisienses, hasta el punto de que las inundaciones siguen siendo el principal riesgo de catástrofe natural al que se enfrenta la ciudad.
Algunos de las cientos de fotos tomadas por aficionados y profesionales en aquellos días se exponen en el Ayuntamiento de París, que recoge las peripecias a las que se vieron obligados los ciudadanos para afrontar una situación inédita para ellos.
La inundación sorprendió desprevenidos a los parisienses. En pocos días, el nivel del Sena pasó de 3,80 metros a 8,50. Se inundaron las estaciones ferroviarias y los pocos túneles del metro que para entonces estaban construidos.
Los puentes del Sena casi aparecían sumergidos en el río. Doce de los 20 distritos se vieron afectados, 150.000 habitantes de la capital y otros 200.000 de los arrabales.
Desde los departamentos marítimos de Francia llegaron barcazas para ayudar a los parisienses, desacostumbrados a moverse por su monumental ciudad como si estuvieran en la italiana Venecia.
Algunos pescaron en aguas revueltas y cobraron a los curiosos por darles paseos turísticos en chalupa.
Una cadena de solidaridad se tejió en el país para acudir al auxilio de una ciudad que quedó totalmente paralizada, pendiente del retroceso de la crecida de un río que tardó un mes en volver a su cauce.
Las crónicas de la época cifran en 400 millones de francos de entonces los daños causados por la crecida del Sena en aquel inicio de 1910, pero más que el daño económico es la huella dejada en el imaginario colectivo la que ha pervivido en los parisienses.
Los expertos consideran que París no está a salvo de una nueva inundación, aunque desde 1910 se han tomado algunas medidas para prevenirlas.
Un sistema de cuatro lagos artificiales creados en la región parisiense está listo para acoger miles de litros de agua procedentes del Sena en el caso de que el río vuelva a enfurecerse.
En total, estas construcciones pueden embalsar hasta 830 millones de metros cúbicos, una cantidad insuficiente, apuntan los expertos, si llegara una crecida como la de 1910.
En aquel año, el Sena pasó de los 250 metros cúbicos por segundo que tiene su caudal habitual a 2.500 en el peor momento de la crecida.
Desde hace años se estudia la construcción de un quinto embalse, capaz de albergar hasta 55 millones de metros cúbicos suplementarios, una obra de ingeniería que, de ser finalmente aprobada, costaría en torno a 500 millones de euros y no estaría acabada antes de 2014.
El nuevo embalse no aparta de forma definitiva el riesgo de inundación, vigilado permanentemente a través de un sofisticado sistema de control situado en el parisiense puente de Austerlitz.
Cuando los detectores revelan el aumento de tres metros del Sena, algo que sucede casi todos los inviernos en época de deshielo, se cierran varias calles adyacentes del río.
Si el nivel sube 4,30 metros se cierra el Sena a la navegación, porque la mayor parte de los barcos no pueden pasar bajo los puentes.
Cuando el río crece seis metros comienzan los problemas. Los túneles del tren de cercanías que recorren las orillas del Sena se inundan y, para evitar que el agua sumerja varias calles, se elevan los muros que encajonan el río a su paso por la ciudad.
Esta situación sólo se ha vivido en doce ocasiones en el siglo pasado, la última en enero de 1982.
Más infrecuente todavía es que el río aumente siete metros su altura, momento en el que la crisis es ya inevitable. El agua comienza a ganar calles y la situación es incontrolable.
En 1910 el nivel del Sena aumentó más de ocho metros y marcó con su paso la memoria. Los parisienses no lo quieren olvidar.