El 28 de enero de aquel año la crecida del río alcanzó los 8,50 metros, alimentado por las abundantes lluvias y el efecto del deshielo de las nieves, y se desparramó por los bulevares y las plazas de una ciudad que quedó en pocas horas paralizada.
Aquel hecho marcó de forma decisiva a los parisienses, hasta el punto de que las inundaciones siguen siendo el principal riesgo de catástrofe natural al que se enfrenta la ciudad.
Algunos de las cientos de fotos tomadas por aficionados y profesionales en aquellos días se exponen en el Ayuntamiento de París, que recoge las peripecias a las que se vieron obligados los ciudadanos para afrontar una situación inédita para ellos.
La inundación sorprendió desprevenidos a los parisienses. En pocos días, el nivel del Sena pasó de 3,80 metros a 8,50. Se inundaron las estaciones ferroviarias y los pocos túneles del metro que para entonces estaban construidos.
Los puentes del Sena casi aparecían sumergidos en el río. Doce de los 20 distritos se vieron afectados, 150.000 habitantes de la capital y otros 200.000 de los arrabales.
Desde los departamentos marítimos de Francia llegaron barcazas para ayudar a los parisienses, desacostumbrados a moverse por su monumental ciudad como si estuvieran en la italiana Venecia.
Algunos pescaron en aguas revueltas y cobraron a los curiosos por darles paseos turísticos en chalupa.
Una cadena de solidaridad se tejió en el país para acudir al auxilio de una ciudad que quedó totalmente paralizada, pendiente del retroceso de la crecida de un río que tardó un mes en volver a su cauce.
Las crónicas de la época cifran en 400 millones de francos de entonces los daños causados por la crecida del Sena en aquel inicio de 1910, pero más que el daño económico es la huella dejada en el imaginario colectivo la que ha pervivido en los parisienses.
Los expertos consideran que París no está a salvo de una nueva inundación, aunque desde 1910 se han tomado algunas medidas para prevenirlas.
Un sistema de cuatro lagos artificiales creados en la región parisiense está listo para acoger miles de litros de agua procedentes del Sena en el caso de que el río vuelva a enfurecerse.
En total, estas construcciones pueden embalsar hasta 830 millones de metros cúbicos, una cantidad insuficiente, apuntan los expertos, si llegara una crecida como la de 1910.
En aquel año, el Sena pasó de los 250 metros cúbicos por segundo que tiene su caudal habitual a 2.500 en el peor momento de la crecida.
Desde hace años se estudia la construcción de un quinto embalse, capaz de albergar hasta 55 millones de metros cúbicos suplementarios, una obra de ingeniería que, de ser finalmente aprobada, costaría en torno a 500 millones de euros y no estaría acabada antes de 2014.
El nuevo embalse no aparta de forma definitiva el riesgo de inundación, vigilado permanentemente a través de un sofisticado sistema de control situado en el parisiense puente de Austerlitz.
Cuando los detectores revelan el aumento de tres metros del Sena, algo que sucede casi todos los inviernos en época de deshielo, se cierran varias calles adyacentes del río.
Si el nivel sube 4,30 metros se cierra el Sena a la navegación, porque la mayor parte de los barcos no pueden pasar bajo los puentes.
Cuando el río crece seis metros comienzan los problemas. Los túneles del tren de cercanías que recorren las orillas del Sena se inundan y, para evitar que el agua sumerja varias calles, se elevan los muros que encajonan el río a su paso por la ciudad.
Esta situación sólo se ha vivido en doce ocasiones en el siglo pasado, la última en enero de 1982.
Más infrecuente todavía es que el río aumente siete metros su altura, momento en el que la crisis es ya inevitable. El agua comienza a ganar calles y la situación es incontrolable.
En 1910 el nivel del Sena aumentó más de ocho metros y marcó con su paso la memoria. Los parisienses no lo quieren olvidar.
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